Las Huellas del Exilio |Otro domingo en soledad

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La soledad se ha convertido en uno de los principales enemigos de las personas en el exilio. Multienfoque/ Ilustración de Jairo Pérez.

*A solicitud de la entrevistada y por motivos de seguridad, se le nombrará “Carmen” para contar su relato

Su testimonio describe la persecución que desató el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo por medio de la Policía y fuerzas de choque contra las y los ciudadanos que protestaban por la reforma al seguro social. De tener estabilidad económica y a punto de cumplir un sueño en el cual llevaba trabajando casi dos años, a perderlo casi todo en un abrir y cerrar de ojos. Esta es la historia de Carmen, una joven nicaragüense forzada al exilio por ejercer su legítimo derecho a protestar cívicamente.

Lo habitual en estos casos (de exilio) es pensar que la persona afectada se encontraría sumida en la angustia, el dolor y la depresión. Es común, pero hay excepciones. “Carmen” es una de ellas.

Extrovertida, espontanea, observadora, “no sé, bien analítica”, así se describe esta muchacha bioanalista de 26 años.

-Aunque a veces soy tímida, a veces no, la verdad es que soy un poco de todo. ¡Ay, no sé! Nunca he puesto a describirme, pero creo que eso más o menos soy, un poco de todo.

Su mamá es originaria del departamento de Boaco y su papá de Matagalpa, aunque ella creció en la capital, Managua. Carmen es una extrabajadora del Estado, laboró en el hospital Solidaridad –en el área de laboratorio- y en la planta de vacunas de origen ruso que controla el gobierno, Mechnikov, donde ocupaba el puesto de microbióloga de control de calidad. Ella relata que durante el período en el que estuvo laborando para Mechnikov, nunca vio indicios de algo sospechoso en el lugar, menciona esto por el secretismo con el cual ha sido manejada esta planta desde su inauguración.

-Trabajaba en ese alborotito que todo mundo quiere saber qué se hace -ríe un poco-, lo digo porque muchos pensaban que se hacían cosas turbias, pero en ese sentido, mientras yo trabajé, nada que ver. Todo estaba en orden, aunque por mi condición (exiliada y perseguida por el régimen Ortega-Murillo) muchos deben creer que quiero volar merengue, nada que ver, todo estaba en orden en el tiempo que estuve en ese lugar.

De lunes a viernes laboraba en Mechnikov y los fines de semana se encargaba de administrar un laboratorio familiar. Paralelamente, estaba sacando una especialidad en Higiene y Seguridad alimentaria. En esos elementos define su vida antes del 18 de abril de 2018 (cuando estalló la crisis sociopolítica): trabajo, familia y estudios.

El inicio de todo

Desde pequeña era crítica al actuar del gobierno. Creció en el seno de una familia con ideología y opiniones adversas hacia el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), actual partido de gobierno dirigido por Daniel Ortega, acusado por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), de haber cometido crímenes de lesa humanidad. “Por ejemplo mi mamá tiene un problema que cada 19 de julio le agarra por subir una bandera negra arriba de la casa (ríe mientras cuenta esto). Para ser honesta nunca me gustó la manera de proceder de este hombre (Ortega)”, detalla.

Abril de 2018 no marcó su inicio en protestas antigubernamentales, ya había salido a la calle en par de ocasiones para mostrar su rechazo a ciertas políticas y decisiones cuestionadas del gobierno de Ortega, por ejemplo, ella apoyaba la derogación de la Ley 840 –Ley del canal interoceánico- y brindó su respaldo al Movimiento Campesino; esto la impulsó a viajar hasta Nueva Guinea, para acompañar los campesinos en su reclamo por sus tierras.

En su casa, mientras estaba en Nicaragua, habitaban cuatro universitarios –tres primos y su hermano- es por ello que se dio cuenta de que varios jóvenes protestarían el 18 de abril por el descontento contra la reforma al seguro social. Ese día ella no tenía pensado asistir, por su trabajo. De pronto, por la tarde, cerca de las 5:00 p.m., recibió una llamada telefónica desde su casa, alertándola de que los cuatro jóvenes se encontraban en Camino de Oriente y había altercados provocados por la Juventud Sandinista (JS), turbas adeptas al régimen, quienes iniciaron a agredir física y verbalmente a los ciudadanos que se disponían a protestar.

La joven salió de su trabajo para ir a recoger a los muchachos que se encontraban rodeados por policías y miembros de la JS. “Lo que puedo decir es que, cuando llegué ahí y miré todo, sabía que eso no iba a ser de un día, ni de dos días; por el malestar de las personas. Y yo, al recoger a los cuatro, me di cuenta del enojo de los muchachos, todo ese tiempo que llevaban oprimidos”, cuenta.

Al día siguiente, 19 de abril de 2018, su hermano y primos volvieron a salir a protestar. Uno de ellos se fue a la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli) y los otros tres se dirigieron al sector que comprende la Universidad Centroamericana (UCA) y la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), en Managua. Eran aproximadamente las 4.30 p.m., y los jóvenes no retornaban a la casa, la angustia invadió a Carmen y comenzó a reflexionar. Pensó en la tensión que estaban viviendo las madres en general, al ver imágenes de sus hijos protestando y la Policía reprimiendo ese derecho constitucional. Ser testigo del asedio, de las balas (hasta ese momento de goma), y la saña de los policías contra los manifestantes, asegura, la “despertó”.

Su involucramiento

– ¿Qué pasó luego del 19 de abril?

– Después del 19 yo comencé en mi trabajo a pedir dinero, cosas para conseguir víveres, medicina y lo que hiciera falta para los muchachos.

Carmen buscó ayuda en diferentes lugares, incluso se comunicó con varios excompañeros de trabajo en el hospital Solidaridad, quienes, afirma ella, la ayudaron mucho con dinero y otros preguntaron qué más podían hacer para ayudar a los universitarios que se encontraban protestando. De igual forma, contactó a varios conocidos que tenía en Juigalpa, Chontales; logrando así recoger una gran cantidad de dinero para la compra de víveres para los muchachos atrincherados.

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Los jóvenes que se atrincheraron en las universidades se defendían con lanza morteros de los ataques de la Policía y la JS. Multienfoque/ Ilustración de Jairo Pérez.

Tanto fue el apoyo que recibió que hizo de su casa un centro de acopio; llevaba víveres y medicinas a la Upoli donde se encontraban atrincherados –en forma de protesta- varios universitarios. Camuflada con ayuda de la noche, la muchacha iba a dejar las provisiones hasta dicha universidad; en ocasiones llegaba de madrugada al recinto y se quedaba conversando con algunos jóvenes.

No pasó mucho tiempo para que varias personas se dieran cuenta del centro de acopio que mantenía Carmen en su domicilio. Comenzaron a llegar carros, camionetas, y en una ocasión relata que hasta un microbús cargado de medicinas y alimentos para apoyar a los atrincherados. Todo el movimiento comenzó a levantar sospechas. De vecina tenía a una integrante de los Consejos del Poder Ciudadano (CPC) -que originalmente se crearon para funciones comunitarias de apoyo, pero que actualmente funcionan como “radares” de espionaje del gobierno en cada barrio-, la mujer comenzó a tomar fotografías a la casa de Carmen y a todo aquel que llegara a dejar víveres. Esto marcó el inicio de su tormento.

El asedio

Ella no se explica lo grande que son las redes de comunicación del gobierno de Ortega, poco después de las constantes fotografías que tomó la CPC de su barrio, la información llegó hasta su jefe en Mechnikov. Ella se enteró, pero no sintió miedo, al contrario, pensó que era el momento ideal de mostrar su descontento ante la represión gubernamental contra manifestantes.

En su uniforme pegó, a la altura de su pecho, una pequeña banderita de Nicaragua (ante la criminalización oficial de la Bandera Nacional y sus colores) como un acto subversivo contra el régimen Ortega-Murillo. “Era la única que andaba el uniforme con una pequeña banderita de Nicaragua en el pecho, confieso que más que todo por hacerle la vida imposible a mi jefe -ríe, mientras recuerda el momento-, porque soy así”, comenta.

Luego de eso, relata que a los días posteriores comenzó a notar presencias raras de unas camionetas en las afueras de Mechnikov, algo que no era común. Inició a probar teorías. Utilizó taxis para comprobar si la estaban vigilando. “Como dije soy bien observativa y taxi que yo agarraba, taxi que seguían. Luego me comencé a ir con amigos o cambiar de taxi. También a amigos que tenían carro les pedía que me sacaran”, rememora.

Por varios días esa era la constante en la rutina de Carmen: ser asediada por camionetas que se apostaban en las afueras de Mechnikov. La joven bioanalista aclara que la intimidación en la planta rusa no escaló a más; caso contrario en el hospital Solidaridad. Pese a que ella ya no laboraba para dicho hospital desde enero de 2017, las redes del gobierno llegaron hasta ahí y se dieron cuenta que ella había solicitado ayuda a trabajadores de ese lugar.

-Cuando trabajé en el hospital me tenían como la muchacha que no los apoyaba. Porque me decían a cada rato de ir a marchas y yo como, ‘no, yo no voy a eso’.

El director de recursos humanos del hospital Solidaridad, a quien ella identifica como José Fidel Gómez, comenzó a hacerle llamadas telefónicas para amenazarla. “Comenzó a decirme que me iban a capturar por andar buscando ayudas en el hospital…Él procedió entonces a amenazarme, a realizarme llamadas diciendo que si seguía así me iban a meter al Chipote (como es conocida la Dirección de Auxilio Judicial de la Policía en Nicaragua)”.

Sus excompañeros del área de laboratorio del hospital Solidaridad fueron quienes más la apoyaron con dinero para víveres, es por ello que las autoridades del hospital comenzaron a revisar los teléfonos de cada uno de los trabajadores de esa área. A todas las personas que les encontraron mensajes de ella en sus celulares, fueron despedidas. Las que se salvaron fue porque antes habían borrado todas las conversaciones con Carmen. “Fue una barrida en el área de laboratorio del hospital, despidieron a seis personas, sólo por eso”, detalla.

Las amenazas contra ella no solo vinieron por parte del director de recursos humanos, también de enfermeras del hospital Solidaridad que simpatizan con el gobierno Ortega-Murillo. Una de esas enfermeras regó, por redes sociales (Facebook específicamente), fotos de Carmen, acusándola de haber intentado quemar una de las áreas del hospital Solidaridad.

– ¿Qué sentiste al ver tu foto y esas acusaciones en las redes sociales?

-Me sentí como si fuera una narcotraficante, cuando exhiben fotos tuyas, pidiendo tu ubicación, horrible. Y la acusación de quemar ese lugar… Es más, ese hospital está intacto, jamás fue dañado en abril ni en los meses que vinieron.

El caso de asedio contra Carmen y el despido arbitrario de sus excompañeros de trabajo por brindar ayuda a los jóvenes atrincherados en las universidades refleja la cruda represión que se ha ejercido en el país contra los trabajadores de la salud, así lo explica el doctor José Luis Borgen, vicepresidente de la Unidad Médica Nicaragüense (UMN), una organización que aglutina a médicos despedidos arbitrariamente por la exministra de salud, Sonia Castro.

“El asedio y los despidos arbitrarios a todo profesional de la salud, por motivos políticos es absurdo. Es una clara violación a nuestros derechos, es una violación a la Ley General de salud y una violación a los convenios colectivos que hay entre el Ministerio de Salud y los trabajadores”, expresa el galeno. Hasta septiembre de 2019, la UMN contabilizaba 412 médicos despedidos, los cuales se dividen en: 122 especialistas, 79 médicos generales y la cantidad restante la complementan personal de enfermería y subespecialistas. Borgen añade que a esta cifra se le deben sumar 100 estudiantes de medicina que fueron expulsados de sus universidades por protestar o tener una opinión adversa al gobierno de Ortega, lo que sumaría un total de 512 médicos y estudiantes expulsados del sistema de salud.

Los datos que recoge la UMN se basan en los profesionales de la salud que se acercan a ellos a reportar su situación, por tanto, Borgen estima que la cantidad es mayor y muchos no lo denuncian por temor a represalias.

Respecto a este tema, el Mecanismo Especial de Seguimiento para Nicaragua (Meseni), instalado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), detalla en su boletín informativo que abarca los meses de octubre y noviembre de 2019, que contabiliza más de 405 profesionales de la salud despedidos por motivos políticos y/o brindar atención médica a manifestantes. De igual forma detalla que 144 estudiantes de medicina fueron expulsados por protestar contra el régimen Ortega-Murillo.

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Recuerdos

Carmen se involucró más en las protestas antigubernamentales, llegó a atrincherarse por un momento en la Upoli, para brindar apoyo los jóvenes que se encontraban en el recinto. Sin saberlo, ella estaría a punto de vivir dos momentos que la marcarían antes de salir del país.

Eran cerca de las 8:00 p.m., y se dirigía a la Upoli. Para no involucrar a más personas decidió ir sola hasta el recinto universitario. Llevaba dinero para comprar solución salina, ya que carecían de ella en la universidad. Caminaba ensimismada, no se percataba de nada a su alrededor, pocas personas se mantenían en la calle, por el temor de ser atacadas por la JS o policías. Pasando por Multicentro Las Américas -centro comercial que se ubica en las cercanías de la Upoli-, de pronto, alguien “guiñó” a la joven hasta dentro del local… se escucharon disparos. La persona que tiró a la muchacha a lo interno del centro comercial fue un guardia de seguridad. Ella no se percató que la venían siguiendo dos camionetas marca Hilux (que fueron las más usadas por el régimen Ortega-Murillo para movilizar a policías y parapolicías para reprimir) de las cuales salieron los disparos, la muchacha asegura que los hombres armados dispararon al suelo, para, según ella, asustarla.

“Ese fue uno de los momentos más tensionantes. Luego, los tipos se fueron en las camionetas gritando ‘perra, solo te queríamos dar un susto’. Después de eso solo puedo agradecerle a ese guardia que ni sentí cuando me tomó”. El asedio y las amenazas directas iban incrementando.

El segundo momento que la marcó lo vivió en la Upoli, como atrincherada. Estuvo cerca de convertirse en el último de su vida, al menos, así lo recuerda ella. Ese recinto universitario fue atacado varias veces por policías, en combinación con la JS, para sacar a los jóvenes que permanecían en él. En uno de esos ataques, por la noche, el servicio de energía eléctrica fue suspendido; los muchachos quedaron en oscuridad total. Carmen rememora que en el bloque en el que ella se mantenía era una de las personas con más edad (26 años), el resto eran jóvenes que no pasaban los 22 años. Durante el ataque, y mientras sonaban las ráfagas de los disparos, procedentes de los fusiles de la Policía,  el miedo los empezó a consumir… “No vamos a morir, no vamos a morir”, expresaban varios de los atrincheradas mediante sollozos.

Por la mente de ella solo pasó un pensamiento: “No me despedí de mi mama”, ese día -por la mañana- ella había discutido con su mamá, porque no la dejaba ir hasta el recinto universitario; no quería que se siguiera arriesgando, no quería perder a su hija. Afortunadamente para Carmen, logró salir con vida, pudo seguir viendo a su mamá.

Pese a lo acontecido ese día, Carmen continuó protestando, de pedir ayuda para víveres a atrincherarse en la Upoli y, por último, realizar pintas en su barrio y lugares aledaños. Al momento de hablar sobre las pintas, un método de protesta que se volvió recurrente en el país, la joven se comenzó a carcajear, le era imposible hablar… luego de un breve momento expresa: “No, es que yo si anduve haciendo desastres en mi barrio”. Relata que comenzó con un poste de tendido eléctrico, le dijo a una vecina “mire voy a pintar ese poste”, sin darse cuenta, así marcaba el inicio de su camino hacia el exilio.

Compró pinturas, galones tras galones. Cada poste de concreto en su cuadra se volvió su grito de protesta. No obstante, de pronto se percató que varias personas la observan, otros, más osados, se le acercan; eran vecinos dispuestos a hacer más pintas contra la represión gubernamental. A partir de entonces, lograron organizarse mejor como barrio y hacer frente al cercenamiento de la libertad de expresión en el país.

Con la ayuda de un amigo, que también es bioanalista, Carmen dejó atrás las pintas rápidas en postes y comenzó a realizar murales más elaborados para expresar su descontento contra la política represiva del régimen Ortega-Murillo. Confiesa, orgullosa, que gran parte de la zona de Bello Horizonte, en Managua, la llenaron de pintas, mensajes y murales; en símbolo de protesta, aunque le atrajo una serie de amenazas. “Tuvimos varias amenazas por los sapos (como se les apoda a los simpatizantes de Daniel Ortega), llegaron a mi casa a hacer el alboroto de que me iban a echar presa. Ahora ya no eran camionetas, sino dos motociclistas que pasaban casi todo el día fuera de mi casa y me borraron un mural”. Pese a esto, narra que volvió a realizar los murales que le habían borrado, lo que ocasionó que agentes de la Policía llegaran a buscarla a su casa.

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Las pintas fueron un medio de protesta muy utilizado por manifestantes en Nicaragua. Multienfoque/ Ilustración de Jairo Pérez.

– ¿Qué te dijeron los policías?

-Nos dijeron (a ella y a miembros de su familia) literalmente: ‘No anden haciendo esos actos que ahora eso es penado por la ley’, pero no pasó a mayores. Yo seguí con las pintas y mucha gente de mi zona también, pero pasaba el tiempo y la situación se tornaba más peligrosa y comenzamos a dejar de hacer las pintas.

Para su fortuna, las amenazas que le referían los simpatizantes del gobierno, sobre encarcelarla en El Chipote -como popularmente se le conoce al complejo de Auxilio Judicial, lugar que es señalado por manifestantes antigubernamentales y organismos de derechos humanos nacionales como el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) de ser un centro de torturas-, no se materializaron. Pero, por seguridad, optó por quedarse en distintas casas de conocidos y solo regresaba a la suya para llevarse un poco de ropa.

Con el tiempo las amenazas contra ella se multiplicaron, lo que la llevó a pasar sus últimos 20 días en Nicaragua como una nómada. Miembros CPC de su barrio le dijeron a su mamá: “Mire hay que controlar a la muchacha, ya la tienen vista de varios sectores, ya la han denunciado”.

Cada acercamiento por parte de simpatizantes del gobierno y policías ponía nerviosa a la mamá de la joven; incluso las amenazas se arreciaron. “Era un cúmulo de amenazas por todas partes. Al final fue mi mami la que me dijo ‘tenés que irte’”. Así fue como el 27 de junio de 2018 lo impensable (para ella) sucedió, debía despedirse de su país, de su familia, amigos y del sueño de abrir su propio laboratorio para proteger su integridad física. Una decisión que cambió su vida, más de lo que ya había cambiado.

El exilio

Carmen salió del país por la vía aérea, por el aeropuerto internacional de Managua, tomando el riesgo de que la identificaran, pero estaba clara de que no había cometido ningún delito y no tenían por qué detenerla. Lo único que le preguntaron oficiales de migración fue, a dónde se dirigía y a qué empresa le trabajaba. Afortunadamente, logró abordar el vuelo y salir sin mayores complicaciones.

Cuando se le preguntó sobre cómo es la vida en el exilio, por un instante se desaparece su característica forma animada de narrar su historia, y suspira… “es duro (responde inmediatamente y pausa), en primer lugar, este no era mi destino –España-, yo iba hacia Canadá, pero no me logré comunicar con la persona que me iba a recibir allá. Aquí nadie me vino a recibir, vine sola. Tramité el asilo. Estuve varios días en un hospedaje”, narra.

Durante un mes se quedó en casa de una prima que vive en España. Con ayuda de unos ahorros que originalmente estaban destinados para montar su laboratorio logró, por algún tiempo, sobrevivir.

El cambio para Carmen ha sido abismal, de estar en un laboratorio supervisando muestras o atender su negocio familiar, a tener que ser profesora y cuidar de niñas y niños, ancianos; y limpiar algunas casas. Después de un mes en España dejó de vivir con su prima y se fue a otra provincia, donde estuvo un tiempo sola hasta que llegó un amigo a acompañarla.

– ¿Cómo es el exilio?

-Es algo que, ¡puchica!, no hay día en el que no desee regresarme a mi casa. Amanece, pongo el pie en el suelo y pienso en regresarme, pero son cosas que no están a mi alcance todavía, no puedo regresar.

Adaptación

Carmen resalta que adaptarse al nuevo entorno hace más “llevadera” su situación. Relata que no ha sentido discriminación por ser exiliada, menciona esto por algunos casos que se han dado con otras personas que también tuvieron que huir del país para salvaguardar sus vidas.  Por un tiempo viajó por varias ciudades en busca de trabajo. “Aquí he entendido que uno va donde está el trabajo”, afirma.

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Al principio, la adaptación a su nuevo entorno se le dificultó a Carmen. Multienfoque/ Ilustración de Jairo Pérez.

Al preguntarle sobre lo más difícil que ha tenido que enfrentar en el exilio responde de forma inmediata… “ay, el trabajo, yo no estaba acostumbrada a andar cuidando niños, a cuidar señores, que limpiar. Solo me había dedicado a estudiar y estudiar. Es un poquito duro, porque son cosas que vos decís ‘nunca las hubiera hecho en mi casa’, y también estar lejos de mi papá y mi mamá. Yo siempre he sido bien pegada a mi familia, toda la vida he sido una persona de hogar, de mi gente y de lo más duro es estar lejos de ellos”, enfatiza.

Con el apoyo de CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado), la joven nicaragüense está gestionando el asilo en España, un trámite que la llena de ilusión. Con ello formó parte de las 4,944 peticiones de asilo de nicaragüenses en España, que contabiliza el Ministerio del Interior español (MIR) hasta octubre de 2019.

Cabe mencionar que el 17de junio de 2019 obtuvo el permiso de trabajo, con lo que ha logrado estabilizar su situación en el país europeo, consiguiendo mejores trabajos. Pese a esto, la nostalgia la invade en los momentos menos pensados y recuerda momentos especiales que vivió en Nicaragua.

Los fines de semana acostumbraba en Nicaragua a pasar con amigos y familiares, su casa siempre se mantenía “llena” en esos días. Disfruta rodearse de muchas personas, por ello, una de las pruebas más fuertes que ha tenido que pasar en el exilio es la soledad. “He estado sola, sola, sola, sola, sola (remarcando este detalle con tono melancólico) en un departamento. Sola con las palabras de mi papá y mi mamá que me dicen ‘esto va a acabar pronto, tenés que ser fuerte, por vos y por nosotros, porque si vos estás mal, nosotros nos ponemos mal’”.

Carmen insiste en afirmar, en varias partes de la entrevista, que no la está pasando tan mal. Pese a que en ocasiones no logra ajustar para los gastos o llegar a fin de mes con alimentos, considera que hay personas en Nicaragua que la están pasando peor. En consecuencia, menciona que ese motivo es su principal aliciente para seguir en la “lucha” y protestar contra el régimen Ortega-Murillo.

No obstante, ella no se marchó sola, se llevó su rebeldía con ella. A donde va manifiesta su descontento contra el gobierno de Ortega. En la mayoría de la ropa que ha logrado comprar predominan los colores azul y blanco, que se convirtieron en elementos característicos de los protestantes en Nicaragua. Ella enfatiza que es importante seguir protestando, pese a que se encuentra España. “Sabés, es algo que no se puede detener, yo ya me subí a esto, ahora tengo que seguir. Si yo quiero regresar, la lucha tiene que seguir, si no siento que esto se va a hacer eterno”, detalla.

 “Buscar lo divertido”

El lema que la representa es “buscar lo divertido”, encontrar hasta en las adversidades, algo divertido para sobreponerse a ellas. Destaca que en el exilio y debido a que extraña la comida nicaragüense, aprendió a cocinar. Ella solía ser muy dependiente, cuando de preparar su alimento se trataba; ahora, con un tono de voz animado afirma que prepara unas tortillas “deliciosas”. “A veces me digo, ‘qué bárbara’, me quedan mejor mis tortillas, que las que vendían al lado de mi casa, si no soy así, buscando lo divertido de algo, me volvería loca”, confiesa.

– ¿Qué extrañas de Nicaragua?

– Iiigghh, la comida. Yo vendo un riñón por un nacatamal, literal (se carcajea), para mí no existen los domingos sin un nacatamal, así que imagínate no tener un nacatamal un domingo. Yo prefiero que no me digan que va a ser domingo. Es que nosotros tenemos una comida tan deliciooosa.

Pese a que no puede comer nacatamal todos los domingos, el exilio le ha brindado la oportunidad de llevar las tradiciones de Nicaragua con conocidos en España. Ella siempre ha sido una persona que entabla conversaciones con una facilidad impresionante. Puede llegar a hablar horas con personas sin darse cuenta, pero ahora hay una nueva variante, cocina. “Algo nuevo para mí en el exilio es que puedo hacer amiga de una persona y tal vez al siguiente día le estoy cocinando gallopinto, huevo y decirle, ‘este es el desayuno de nosotros, con permiso, sentate te lo voy a hacer y si no te gusta no te vuelvo a recibir (se ríe a carcajadas) ‘”.

Por otro lado, la joven ha logrado que varios conocidos en España conozcan la realidad que atraviesa el país centroamericano. Insiste en que vean y compartan las noticias sobre Nicaragua, y platicar con ellos sobre la crisis sociopolítica.

Motivación

En Carmen resalta una personalidad alegre, extrovertida, muy positiva. El exilio y todas las adversidades que ha soportado no la han cambiado, continúa con su esencia. Constantemente repite que se debe centrar en las cosas buenas. Enfrascarse únicamente en pensamientos negativos, confiesa, la terminarían por consumir.

Agradece seguir con vida, insiste en que es un regalo, una bendición; tomando en cuenta que muchas personas fueron asesinadas en el contexto de la crisis sociopolítica, principalmente opositores al régimen Ortega-Murillo.

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Los fines de semana son sus días más duros, extraña la convivencia con su familia y amigos. Multienfoque/ Ilustración de Jairo Pérez.

Hasta el 15 de noviembre de 2019, en el conteo más actualizado de la CIDH sobre la represión en Nicaragua, el organismo internacional contabilizaba 328 personas asesinadas en el contexto de las protestas, de las cuales 24 de ellas fueron niños, niñas y adolescentes.

– ¿Te arrepientes de algo?

– Hasta el momento no me arrepiento de lo que he hecho, me recrimino por no haber salido antes, no haberme levantado antes. Si se diera la oportunidad (de volver a protestar en Nicaragua), lo volvería a hacer, sin dudarlo. No me pueden tener encerrada, volvería a pintar todas las calles.

Su motivación es regresar al país, cuando sea seguro para ella y logre conseguir el dinero suficiente. Desea aportar en la economía y en la construcción de una mejor sociedad. Sin embargo, desde su situación como exiliada hace un llamado a las personas que siguen en el país. “A las personas que están en el país, que siguen en la lucha, les quiero decir que no se cansen, sigan haciendo, porque esto es para todos y por todos. Es el futuro, y tenemos que terminar de raíz este cáncer”, manifiesta.

Como Carmen, muchos nicaragüenses tuvieron que huir del país para evitar ser encarcelados injustamente o, en el peor de los casos, asesinados por disentir del gobierno. En abril de 2019, la Agencia de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para los Refugiados, ACNUR, estimaba que la cifra de nicaragüenses en el exilio era de 62,000. A la fecha, la cantidad de exiliados supera los 88,100 según el último boletín del Meseni, actualizado al mes de noviembre de 2019.

En Nicaragua se ha criminalizado la protesta cívica, cercenando así la libertad de manifestación y expresión. Diversos organismos de derechos humanos nacionales (como el Cenidh, la Comisión permanente de Derechos Humanos -CPDH-) e internaciones como la CIDH, constaron la detención arbitraria de personas por motivos políticos, afirmando la criminalización de este derecho constitucional.

Carmen tiene claro que ella huyó por amenazas, asedio; no por ser una delincuente. “No soy ninguna terrorista, ni delincuente. No he hecho nada malo”. A sus 26 años, esta joven bioanalista añora ver una “Nicaragua libre” y en donde se respeten los derechos. Uno de sus principales clamores es el de justicia verdadera, sin impunidad, para todas las víctimas de la represión.

Pese a todo, en el exilio ella ha aprendido a tomar las cosas con humor, para neutralizar cualquier pensamiento negativo o sumirse en depresión. “Te pido que no me recordés qué día es hoy (sábado, cuando se realizó a entrevista), porque mañana es domingo y significa otro domingo sin comer un delicioso nacatamal”. Incluso en esos domingos de soledad surge el método subversivo contra las dictaduras: el humor.

Autor: Multienfoque

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