Alejandra Centeno: “Me rehúso a creer que para ser líder hay que ser fuerte y aguerrida todo el tiempo”

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Cortesía/ Alejandra Centeno

Antes de abril de 2018 su vida transcurría entre sus estudios, su pasión por la danza y su afición a la escritura. Soñaba conseguir una maestría para estudiar en el extranjero, hasta que un día decidió arriesgar todo para hacerle frente a una dictadura.

Se considera una joven entusiasta, alegre y disciplinada, de ojos grandes y enamorada de la literatura. Disfruta de los atardeceres y deleitar su paladar con “ice cream”. Confiesa no haber tenido un acercamiento muy amigable con la natación y preferir a los perros que a los gatos como mascotas. Lejos de los reflectores de la luz pública muestra su naturaleza, su sencillez y su carisma. Una joven que dejó en pausa sus planes de vida para unirse al reclamo de justicia y democracia en Nicaragua, desde una mirada más íntima, esta es Alejandra Centeno.

Alejandra iniciaba a cursar el quinto año de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), cuando comenzó el estallido social contra el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Recuerda que siempre había destacado por ser una joven disciplinada y perseverante en sus estudios, características que la llevaron a obtener varios reconocimientos académicos y ser una de las mejores estudiantes.

Ella es una joven que siempre ha contado con un grupo reducido de amigos, no acostumbraba a tener muchos, pese a ser muy sociable. “Mis grupos de amigos siempre han sido pequeños. Sí, soy sociable, aunque no me considero el alma de la fiesta”, relata con una sonrisa discreta al finalizar su idea. Uno de sus principales pasatiempos, donde experimenta libertad y encuentra paz, es en la lectura; principalmente en las novelas.

– ¿Cómo vino ese acercamiento a las novelas? – pregunto

– “Siempre ha estado, por ejemplo, cuando llegaba tarde un profesor sacaba mi librito para leer -explica esto con un tono cálido en su voz que la lleva a ruborizarse un poco, como una niña satisfecha de sus actos de infancia – y así la espera era menos aburrida”.

Centeno ha disfrutado de una amplia variedad de escritores: pasando por la intensidad sobre los problemas éticos de Fiodor Dostoyevski, plasmada en “Los Hermanos Karamazov”; incursionando en las obras sublimes de León Tolstoi (Ana Karenina y Guerra y Paz); hasta aventurarse en la literatura griega con las tragedias de Sófocles, como Electra, Edipo Rey y Antígona. No obstante, ella no es ajena a la literatura latinoamericana y rescata que ha leído obras de Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti y actualmente prueba con Gioconda Belli.

“Sabés, el último libro que leí estando en clases fue La Tregua, de Benedetti. Es bellísimo, me encanta”, rememora, mientras sus ojos hablan por ella al recordar la obra del uruguayo.

Su incursión en la escritura

Se define como una escritora en ciernes. Su último trabajo literario fue la creación de un cuento, al que tituló 380 días y uno más, cuando estaba en segundo año de la universidad. Paralelamente, ha trabajado varios ensayos, en los cuales destaca uno en el que aborda, de forma crítica, la ausencia de las mujeres en la narrativa de la lucha del 6% y la autonomía universitaria. “Pareciera que la autonomía la conquistaron puros hombres, lo cual es falso. Por eso decidí realizar ese trabajo”, sentencia.

Actualmente redacta esporádicamente, intentó escribir durante el diálogo una narrativa de cómo ella veía el proceso de negociación, pero no lo logró por la dificultad que implicaba.

– ¿Cuál era la principal dificultad?

– “Es bien difícil escribir sobre lo que vivís, eso hace que uno se sienta triste, sensible. Yo siempre digo, de manera dramática, que es difícil escribir y sufrir a la vez”, confiesa, mientras toma su cabello cautelosamente con su mano derecha para jugar brevemente con él al concluir su idea.

Para ella, recibir un taller de literatura que sea impartido por uno de los grandes escritores nicaragüenses y recibir un par de lecciones sobre escritura de parte de ellos, la haría muy feliz; en sus palabras “me encantaría”.

Como una meta a realizar, la sonriente joven destaca que le gustaría escribir un libro, específicamente una novela, sin adelantar temática alguna.

El acercamiento con el feminismo

Conoció el feminismo como experiencia hasta en abril, en el contexto de la lucha cívica contra el régimen Ortega-Murillo. Había leído varias de las corrientes feministas, pero lo palpó en persona hasta hace poco, en su rol como miembro de la Coordinadora Universitaria por la Democracia y la Justicia (CUDJ), también, como integrante de la Acción Universitaria-UNAN y siendo parte de las asesoras en la Alianza Cívica. “Cuando vos pasás a ser parte de estos espacios de palabra, de participación, de toma de decisiones, te das cuenta de que estos espacios no están pensados desde el sentir de la mujer, desde lo que nosotras podemos aportar”, reflexiona.

Y agrega “a mí me golpea mucho que en pleno siglo 21, en el 2019, hay hombres que te dicen que esto no se trata de género, se trata de capacidades, y vos decís ‘¿entonces, las mujeres no tienen capacidades?’”, se cuestiona, mientras prosigue la idea con sus brazos en señal de duda.

– ¿Cómo ves el hecho de que los miembros titulares en las negociaciones por parte de la Alianza Cívica son todos hombres?

– “Hubo algunos descontentos, porque esa mesa llegó a ser muy representativa, ahí se está negociando el futuro y otra vez en la toma de decisión no había una sola voz femenina. Con eso te das cuenta, hasta cierto punto, que la política en Nicaragua y muchos otros países no está diseñada para las mujeres y que tenemos que abrirnos paso para ser parte de esos procesos”.

Y llegó abril

Al preguntarle en qué momento la agarró la rebelión de abril de 2018, responde al instante y de la forma más natural y acompañada de su característica risa vivaz, “saliendo de clases”. “Yo el 18 de abril estaba en una clase de Cooperación para el Desarrollo, que era una de mis clases favoritas, era de esas clases a la que le dedicabas tiempo a leer y que querías exponer y que se dieran cuenta que vos sabías lo que estabas diciendo”, cuenta, mientras levanta la ceja derecha y sonríe.

El 18 de abril de 2018, Alejandra sale de clases como en cualquier día común, llegó a su casa y logró apreciar lo que estaba pasando: turbas de la Juventud Sandinista (JS) adeptas a la dictadura Ortega-Murillo, atacaban a personas que se manifestaban pacíficamente contra una reforma arbitraria al seguro social, en el sector de Camino de Oriente, en Managua; y luego atacaron la Universidad Centroamericana (UCA), todo a vista y paciencia de agentes de la Policía, quienes no defendieron a la ciudadanía, actuando en complicidad con los agresores. Este hecho indignó a la joven, quien decidió salir a protestar de forma pacífica al día siguiente.

– ¿Qué pasó el 19, Alejandra? – pregunto

– “El 19 salgo y fue un cambio abrupto, del 18 en una sección de clases sentada, a correr el 19 en la Rotonda El Periodista de las balas y las bombas lacrimógenas y llorando porque no sabía qué hacer, en ese momento ni pensaba en organizarme, solo estaba llorando”.

Ella no fue sola a protestar, le escribió a una amiga que actualmente se encuentra en el exilio y ambas decidieron ir a manifestarse pacíficamente ese 19 de abril, agrega que su amiga también fue expulsada de la UNAN-Managua, por órdenes arbitrarias de las autoridades de dicha casa de estudios, que se encuentran alineadas con la dictadura. “No andábamos ni para el taxi. Corrimos hacia reparto San Juan y ahí la gente sacó mangueras para darnos agua y lavarnos la cara. Éramos nosotros, nuestros papelógrafos y consignas versus las armas de los policías”, enfatiza.

– ¿Qué sentiste luego de eso?

– “El 19 de abril sentí que los relatos de las armas, de los libros, volvían al presente, ese pasado trágico volvía. Lo que sí me quedó claro después de ese día, después que nos apuntaran, nada iba a ser como antes, después de abril nada volvería a ser igual”.

Su principal aliciente para salir a protestar fue el abuso de poder y el uso desmedido de la fuerza. De pronto la risa constante, los gestos y la mirada vivaz se esfuman, mientras habla de cómo el régimen fue capaz de desplegar tropas que tenían órdenes de disparar, sin importar nada. Recordar ese día le golpea el ánimo, lo refleja en su rostro… por un momento, esa mirada alegre, llena de vida y muy expresiva, se vio interrumpida.

Su familia

Uno de los principales pilares que la sostienen, antes del estallido social tenía una buena relación con sus padres y su hermano menor. Tener que abandonar su casa, a sus familiares, fue uno de los golpes más duros que ha tenido que soportar en este proceso. Manifiesta que, cuando le comentó a su padre la decisión de unirse de lleno a la resistencia organizada contra la dictadura, él se mostró muy preocupado y le pidió que fuera muy fuerte; la apoyó porque cree en ella. Al mencionar este aspecto, el tono de voz de Alejandra cambia, se vuelve triste, su mirada se queda perdida, viendo al piso, es uno de los dolores que carga… dejar atrás la convivencia con su familia.

Simpatizantes de la dictadura Ortega-Murillo han realizado amenazas directas a su entorno familiar, con el fin de amedrentarla. Mientras habla de los tipos de amenazas que ha recibido se toma un tiempo, reflexiona y su tono de voz varía, de aquel tono vibrante y alegre a uno serio, “de asedio, de persecución”, inicia a responder. Pausa un instante. Y prosigue, “de que me iban a quemar la casa, de que nos iban a balear… pero lo que más me pegó -de pronto su mirada se vuelve completamente seria y fija-, fue cuando siguieron a mi hermano menor, una persona lo seguía y eso te hace sentir responsable del hecho, mi hermano hasta es un niño”, concluye.

Alejandra se comunica todos los días con su familia, confiesa que es difícil, casi imposible desconectarse de ellos, por tal motivo, busca todos los medios posibles para verlos. Cuando tiene días muy cargados y agitados, escribe a sus familiares diciendo: “Hola, estoy bien”, para que no se preocupen por ella y mantener la comunicación.

– ¿Cómo es la relación con tu mamá, por ejemplo?

– “A veces mi mamá se molesta, porque me dice que estoy muy ajena a ellos y de verdad me siento así a veces. Eso sí, me apoya mucho”.

– Te resulta difícil desconectarte del trabajo que realizás…

– “Siento que esto es como entrar a la universidad, donde vas asumiendo nuevas tareas (su rol en la CUDJ y Alianza). El trabajo que ahora realizo es casi imposible desconectarme de él, con eso desayunás, almorzás”.

Cuando la abruma la tristeza, cuando se vienen pensamientos nostálgicos de su vida antes del estallido social, recurre a su familia; siempre están ahí para animarla, alentarla en su decisión. “Mi papá, mi mamá, mi hermano, mi mamita; son increíbles, cuento con todo el apoyo de mi familia”, reflexiona.

La pasión por la danza

Su primer acercamiento con la danza se dio a los ochos años: una niña, frente a un televisor, específicamente sintonizando el Canal 21 -canal cristiano en ese entonces-, que estaba transmitiendo danza. La pequeña, al ver los movimientos sublimes de las y los danzantes, los comenzó a imitar, iniciando así su travesía que en poco tiempo se convirtió en una de sus grandes pasiones. Esto la llevó a entrar en un colectivo de danza cristiana a los once años, en el cual -expresa en sus palabras- “aprendí mis primeras cositas”, confiesa, haciendo pequeños gestos con sus manos y dedos, similares a los de una niña.

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Alejandra danzando. Cortesía/ Alejandra Centeno

Entre los doce y trece años (no recuerda con exactitud), ingresó a la Escuela Nacional de Danza, para dejar de realizar este arte de manera empírica. Sin embargo, tuvo que dejar esta actividad a los diecisiete años por la carga en la universidad, que le demandó mucho tiempo; además, la satisfacción por cumplir con sus deberes y su responsabilidad, la hicieron alejarse más de la danza. No obstante, menciona que la dejó de hacer de manera rigurosa, pero que periódicamente la retoma.

En su paso por este arte realizó danza aérea, actividad compleja que requiere de una vasta experiencia para poder llevarla a cabo. Se muestra orgullosa al relatar este aspecto.

Ella y la natación

A diferencia de la danza, con la natación no tuvo un encuentro muy amigable, cuenta que sus padres querían que ella aprendiera a nadar, por lo que, con apenas cuatro años, la inscribieron en un curso en la Escuela-Club de Natación Barracudas.

– ¿Por qué no fue muy placentera esta experiencia?

– “El problema que cuando tenía cuatro años, las clases eran a las ocho de la mañana -al expresar esto, procede a dar dos giros completos en la silla de oficina en la cual estaba sentada, y acomoda su rostro sutilmente entre sus manos, agachando su cabeza, en una postura de confianza- y, ¡por el amor de Dios!, tenía cuatro años, quería dormir hasta las nueve y luego ver muñequitos, entonces solo lo hice por un año”.

La expulsión de la UNAN

Por su involucramiento en las protestas contra la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, se volvió un blanco más de la represión. Las autoridades de la UNAN-Managua (alineadas al régimen), expulsaron de forma arbitraria -según listas- a varias y varios estudiantes, en los cuales se encontraba Alejandra. Este hecho la golpeó mucho y, hasta la fecha, es imposible hablar de él sin evocar la tristeza que le produjo.

“Me expulsaron de la universidad, me expulsaron por protestar…”, al contar esto realiza una pausa, sus ojos vivaces y alegres se tornaron opacos; continúa… “Esperé tener represalias en la universidad, que profesores me pusieran malas notas, que simpatizantes al régimen me abuchearan, pero no que me expulsaran”.

Alejandra rememora con exactitud que la expulsaron el 22 de septiembre de 2018, al enterarse de la noticia y comprobarla, lo primero que hizo fue llorar, le dolió mucho. De igual manera, destaca que ir a la universidad representaba un esfuerzo individual y colectivo -por parte de su familia-; mientras reflexiona, destaca que de las cosas que más le pesan es haber dejado estancado todo el tiempo en la UNAN. “Todos los años invertidos, lo que pasaste por el examen de admisión, obtener una beca, pensar en una maestría, te golpea mucho”, resume.

– Si tuvieras la oportunidad de tener de frente a dirigentes de UNEN (Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua) y a Ramona Rodríguez (rectora de la UNAN-Managua), ¿qué les dirías?

A diferencia de las ocasiones anteriores, Alejandra no responde. En el espacio de la entrevista invade el silencio, exactamente quince segundos, marcados en el registro de audio. Su mirada no era alegre ni triste, era perdida, viendo hacia el suelo. De pronto rompe el silencio, y dice: “A UNEN ni les quiero hablar, no los quiero ver” … más silencio… Nuevamente se toma un tiempo, inhala un poco de aire, más fuerte de lo común y continúa…

– “Si viera a Ramona le diría que ella está abonando a entorpecer un proceso de cambio y desarrollo en el orden democrático, que al final son condiciones de vida que pueden vivir sus nietos, sus hijos, porque ahora nos expulsan a nosotros por disentir, pero a sus nietos les puede pasar lo mismo, todo lo que vos hacés permite repetición de ciertos patrones”.

Alejandra rescata que también le diría algunas cosas a la decana y al director de su departamento, porque considera que Ramona Rodríguez y UNEN no son los únicos cómplices y fichas políticas del régimen en esa casa de estudios. “Si me encontrara a los dirigentes de la UNAN-Managua, no solo a Ramona; por ejemplo, al director y decana de mi departamento, lo que les diría es que yo los escuché expresar que querían llegar a ciertos puestos para gestar cambios, para proyectar la educación, para aportar a las nuevas generaciones”, comenta, mientras se muestra sensible al abordar este tema, al punto de levantarse por unos instantes para tomar un poco de agua.

Así es Alejandra Centeno

A esta joven carismática y amable, le encanta recordar su paso por la universidad, antes de la rebelión cívica de abril de 2018 en Nicaragua. Lo que más extraña es estudiar, ir a clases, tener tareas y desvelarse por un examen, para luego obtener una buena calificación y sentirse satisfecha por ello.

De un momento a otro regresa su personalidad alegre, acompañada de su sonriente rostro, dejando de lado el recuerdo de su expulsión de la UNAN-Managua. Al hablar de sus metas regresa la joven risueña, y comienza a relatar todo lo que la emocionaba. “Uno planifica su vida, ya pensás en tu tesis y luego pensar a ir a estudiar fuera del país…” se toma un tiempo y agrega “pero todo eso se puso en stop, yo soy una chavala que me tomaba con seriedad mis responsabilidades”.

Relata que cuando está triste, decaída, se refugia en la escritura, porque la considera un método de liberación; también recurre a su mejor amigo, que se encuentra en el exilio y habla con él para sentirse mejor. De igual forma, confiesa que para animarse ve películas, usualmente dramas de amor, en sus palabras, “de aquellos que terminan felices para siempre”, mientras ríe discretamente.

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Centeno como parte de la Alianza Cívica. Cortesía/ Alejandra Centeno

Manifiesta que haberse convertido en un personaje público la cansa muchas veces, y que en ocasiones necesita darse un tiempo de todo lo que acontece. De pronto busca un poco de comida, que estaba al lado de un escritorio en el que trabajaba (la entrevista se dio poco después de la hora de almuerzo, conservaba su comida, no la había terminado, por todo lo que había realizado en el día) y con un gesto amable, de cierta forma, tierno, ofrece un poco de su alimento.

– ¿No querés una tajada? – Me pregunta-, mientras sonríe luego de realizar el ofrecimiento, procede a comer un poco.

Alejandra continúa comiendo, de repente voltea a ver y comenta, “me gusta esta entrevista porque es muy personal, y estoy contestando desde mi experiencia, con confianza”, y no mentía, era Alejandra Centeno tal cual es, al natural.

Mientras degusta de las típicas tajadas de plátano verde, cuenta que llegó un momento -cuando se convirtió en una persona más visible- en el que no quería salir de su cuarto, lo que la llevó a pasar un día encerrada en él. “En parte fue, porque recibí mensajes buenos y mensajes super fuertes (de varias personas), cosas que te hacen sentir mal, fue un cambio abrupto, nadie me preparó para eso”, narra.

-Si se presentara la oportunidad, ¿volverías a participar en un movimiento cívico como este?

A lo que responde inmediatamente y sin vacilar “Sí, sin duda”. Luego, para tratar de ejemplificar su respuesta, utiliza una cita del escritor argentino Julio Cortázar: “Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos al salir de un concierto”.

De un momento a otro, la joven explica, “pero después que te mojó la lluvia y que te gustó, vos querés volver a salir y volver a mojarte. Entonces yo, volvería a salir sin miedo”, mientras lleva hasta su boca otra tajada que era parte de su almuerzo.

Luego de aquel momento, la muchacha se muestra más risueña de lo habitual y expresa, “hay otra que me gusta mucho… ‘Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos’. Dicho eso, se ruboriza un poco, de inmediato agrega, “me gusta Cortázar”.

Desde su punto de vista, Alejandra cree que existen dos elementos que impiden avanzar como sociedad: impuntualidad y machismo. “Por ejemplo, la impuntualidad, ese desapego por el tiempo es la muestra de nuestro subdesarrollo, la poca importancia que le damos a la productividad del tiempo y a la utilidad del mismo. Si sumáramos todo el tiempo que ha perdido Nicaragua en los últimos 20 años, ajustaríamos suficiente tiempo para encaminar procesos de cambio muy interesantes”.

Por otro lado, considera que el machismo es uno de los grandes problemas en Nicaragua. “Es increíble que después de todo lo que han hecho las mujeres en este país, las opiniones las marginan, y hasta las estigmatizan como ‘opiniones de mujeres’, hemos construido una idea de la política depredadora y agresiva”, relata.

– ¿Cuál es uno de los principales estigmas que has tenido que enfrentar desde tu posición como representante estudiantil? – Pregunto

– “Hemos construido una idea de mujeres líderes fuertes, aguerridas -mientras expresa su idea, empuña su mano para simular los adjetivos que utilizó-, implacables y está bien… pero me rehúso a creer que para ser líder hay que ser fuerte y aguerrida todo el tiempo. Yo puedo ser líder y detenerme en una reunión y decirte ‘lo que acabas de decir me ha hecho sentir mal y que siento que me faltás el respeto’”.

Las lecciones

La joven estudiante rescata que en todo este proceso de rebelión cívica ha aprendido muchas cosas, lecciones que la acompañarán de ahora en adelante. “Me ha enseñado a prestar más atención a las pequeñas cosas, estar alertas a la cotidianidad. Personalmente he aprendido que el tiempo es relativo, he aprendido a ser más perseverante. He aprendido que ser fuerte no es poder con todo, todo el tiempo. He aprendido a manifestar mis apreciaciones desde lo que siento, porque no nos han educado para hacer eso, no nos educan para hablar de lo que sentimos. Nicaragua tiene una inmensa necesidad de hablar sobre lo que siente”, comenta con una miraba fija, mientras se le escapa una que otra sonrisa.

Al finalizar su idea, Alejandra se levanta de la silla, pero antes de hacerlo dice, acompañada de una sonrisa y haciendo un gesto tierno con su rostro, “y ahora voy a comer otra tajada”.

Las mascotas

Relata que le encantan las mascotas, principalmente los perros, aunque no tiene una desde el 2017. Alejandra tuvo un cachorrito, un Rottweiler llamado Yogui, de color negro azabache, al que recuerda con mucho cariño. El canino sólo vivió tres meses, debido a que nació con síndrome de Distemper -enfermedad producida por un virus que afecta los aparatos respiratorios y gastrointestinales- y no fue detectado a tiempo. “Luego que lo perdí sufrí mucho, lo quería mucho”, rememora.

“Extraño aquellos días alegres, mis días alegres, cuando alimentaba a mi cachorrito”, expresa con un poco de pesar.

– ¿Los perros son tus mascotas ideales?

– “Sí, claro que sí, si son unas cositas preciosas”, manifiesta, con una dulzura dibujada en su rostro, acompañándola de una de las sonrisas más emotivas de toda la entrevista, la cual logra provocar un brillo reluciente en sus ojos.

Sus deseos

La joven estudiante tiene varios deseos en un futuro, personales y otros que involucran el rol de las y los jóvenes, así como para Nicaragua. “Mi deseo es ver a Nicaragua libre, con paz y justicia, educación libre y de calidad para los jóvenes, que no dejemos de criticar todo, estar listos para cuestionar las lógicas de poder tradicionales”, manifiesta.

De igual manera, destaca que, pese a las cargas y tareas que realiza en la actualidad, quiere seguir aportando a vivir en un país mejor para todas y todos los nicaragüenses. Sueña con una patria en la que se respeten los derechos humanos y donde haya libertad.

Antes de finalizar la entrevista, Alejandra comienza a acariciar su fina cabellera y, de pronto expresa, “casi se me olvida algo, podés poner también que me gusta andar el pelo sin peinar”, al mismo tiempo que ríe y continúa palpando su cabello con sus manos.

Alejandra Centeno es una estudiante, una joven que conserva su dulzura y amabilidad, pese a las situaciones adversas y los cambios drásticos que ha sufrido en su vida; con apenas 20 años, esta joven, -al igual que varios y varias nicaragüenses- trata de aportar a la construcción de una democracia plena, en un país que, como definió Cortázar es: “violentamente dulce”.

Autor: Multienfoque

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